el incomprensible mundo de gabriel revelo
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Ellas

 
Mayra está sentada en la barra de un antro de moda. Copa en mano. Éste sábado en la noche ha venido sola. Ocasionalmente se le acercan varios hombres, de todo tipo: le invitan a bailar, a sentarse con ellos, buscan su compañía. Ella los rechaza sutil pero decididamente. Lo que ella busca desde hace dos horas es a otra, como ella.
 
– Me han dicho que suelen reunirse en este lugar de moda. Sólo que hasta el momento llevó más de dos horas recorriendo este recinto y nada. Sé que una vez que se identifican entre ellas comienzan a platicar, a intercambiarse consejos y mentiras que quieren creer para convencerse de que es el mundo, y no ellas, quienes estamos mal. 
 
Viridiana sale por quinta vez del baño de aquel afamado tugurio de Polanco. Se da cuenta que aquel extraño hombre de traje negro, y que inútilmente pretende pasar desapercibido, sigue dando vueltas por todos lados. De la barra a la pista de baile. De los baños a la zona VIP. La buscan a ella. Y a sus semejantes. Y mientras ninguna se anime a desafiarlo la noche permanecerá así, aburrida, sin esos encuentros que tanto la nutren de falsa comprensión.
 
La copa de Mayra no contiene vodka, ni alguna especie de coktail exótico o bebida elegante. Vamos, ni siquiera tiene alcohol. Sólo agua. Liquido que desde hace meses, es el único que su organismo tolera. Aun así, esta noche se siente mareada. 
 
– No sé que persigo. Ni siquiera hay un delito para lo que ellas hacen. Entonces, ¿qué diablos hago aquí?. Si las encuentro ¿qué les diré?. ‘Son culpables de hacerse daño a ustedes mismas’ suena, además de dramático, estúpido. No soy ni policía, ni detective, ni nada que confiera poder sobre nadie. Quizá únicamente el pasado me de licencia de entrometerme. En la barra ahí una chica con mala pinta… ¿será?
 
Harta de ocultarse de aquel hombre que desde hace algunas noches les sigue la pista, Viridiana decide salir del anonimato. Arremanga su blusa y ahí esta: Una pulsera roja de caucho, con las palabra ANA pende de la muñeca de su brazo izquierdo. Más animosa que desafiante se dirige a la pista de baile, se confunde entre la gente y alza los brazos al ritmo de un pegajoso reggeaton.
 
Lo primero que le llamo la atención a Mayra fue la forma de bailar de aquella chica en la pista de baile. Le pareció atractiva. Delgada, como debe ser. Y después vio su brazalete rojo. Idéntico al que ella porta y que en éste momento la impulsa a ponerse de pie y llegar hasta ella.
 
– Brazaletes rojos con la leyenda ANA. Brazaletes morados con la leyenda MIA. Con ellos se identifican. Para tener acceso a ellos deben aceptar a la tal ANA y a la tal MIA como sus amigas para toda la vida. Aceptarlas como un estilo de vida. Desde aquí veo que la chica de la barra aborda a otra chica. Ya no lo disimulan, ambas tienen las pulseritas rojas. 
 
Viridiana señala su brazalete rojo. La chica con aspecto desgastado que hace unos instantes estaba en la barra hace lo mismo. Se sonríen. Se dan un abrazo fraterno y se retiran a uno de los asientos cercanos a la zona VIP. A causa de la emoción, Viridiana se ha olvidado del sujeto que sospechosamente la hostigaba…
 
 Una vez sentadas en aquel Lovesit, Mayra y su recién conocida compañera intercambian datos. Mayra dice que un vaso de agua con sal al día es buenísimo como purga. Su acompañante, en cambio, asegura que una tenue capa de maquillaje color beige, suavemente difuminado debajo de los ojos ayuda a quitar la expresión de desgaste que sufre el rostro de la mayoría de las amigas de ANA. Ambas están tan absortas en su platica psicópata que no se dan cuenta de que aquel extraño hombre de traje obscuro ha llegado a esconderse sigilosamente detrás de ellas.  
 
– Ahora escucho lo que dicen. No me equivoqué. Justo enfrente, a medio metro de mi escondite están dos jovencitas de no menos de veinte años. Delgadísimas, desgastadas y con el rostro mal tratado y la piel seca. Al igual que Aída padecen una enfermedad que no aceptan. Al igual que Aída negarán que necesitan ayuda. Dirán que todo está bajo control, que la gente exagera, que a ellas no les pasara. Al igual que Aída mi prometida, ellas morirán. Anoréxicas: ella lo fue, ellas lo son.  Estoy a punto de interrumpirlas. Decirles que crean en Dios, en si mismas, en lo que quieran, pero que crean. Entonces el espectáculo es más aterrador. Cuatro chicas más (todas con pulseras) van juntas al baño, seguramente no se maquillarán. A lo lejos, tres chicas un poco robustas con brazalete morado abordan a otra. Parece mentira. Brazaletes por aquí, por allá. Consejos para vomitar, para controlar el hambre, para perder peso corporal en cuestión de días. El mareado ahora soy yo. De repente me descubro rodeado de cuerpos delgados, huesudos y el pasado llega a mi. Si no pude salvar a mi Aída, menos podré hacer algo por éstas jovencitas. 
 
* * * * *
 
Inés hoy cumplió 18 años y visita por primera vez un antro. Fascinada se aleja de la mesa que compartía con sus primos y amigos, y se dirige al baño. Una vez ahí, mientras se lava las manos, se da cuenta de los dichoso brazaletes. Dos muchachas un poco mayores que ella y que se presentan como Mayra y Viridiana notan su curiosidad, se acercan a ella y de manera casual le dicen:
 
– Sí amiga. Las usamos para distinguirnos. Lar rojas son para las amigas de la ANA. AN…orexi…A  ¿captas?. Las moradas para MIA… buli…MIA. No dejes que te metan ideas en la cabeza. Cuidar la figura es lo de hoy. Si nadie te comprende aquí encontraras la manera de tener el cuerpo que siempre has deseado, ¿qué dices, te unes?. Ahora mismo venimos a vomitar.

3 comentarios to “Ellas”

  1. Tengo algo que debes escuchar. Cuando me veas pideme "El Cd del que escribiste en mi space"

  2.  
    No se porqeu tengo al impresion de que esta entrada ya la tenias escrita como desde hace… un mes. Si no es que mas.
     
    Saludos!
     
     

  3. mmmm que raro ja ja, la escribí el pasado sábado en la noche.
     
    tan antigua parece???


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