el incomprensible mundo de gabriel revelo
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El día que debí morir

 
Lunes 15 de enero de 2007
Panteón Francés de la Piedad
09:48 hrs.
 
Estoy afuera de un panteón. En plena avenida Cuauhtemoc, entre Viaducto y Centro Medico. El vigilante de la puerta principal no me deja entrar. De forma prepotente, alega que estoy en un panteón privado y que al no tener a ningún familiar o conocido enterrado en aquel cementerio, tengo mi acceso negado. Solo eso me faltaba. Como yo también sé ponerme en plan pesado (¡faltaba más!) e intransigente insistí en hablar con la encargada de la administración del camposanto. Un minuto después, salgo de aquella oficina con el permiso de ver todo lo que quiera. Burlonamente veo de reojo al vigilante y me interno en aquel entorno de ensueño.
 
Aun no sé que hago entre tumbas, pues originalmente venía de otro lugar. De pronto me dieron ganas de entrar y así lo hice. El Panteón Francés de La Piedad es un homenaje a la nostalgia y el recuerdo. Cada una de sus criptas, mausoleos, lapidas y estatuas de piedra nos transportan irremediablemente al México de principios del siglo pasado. El suelo esta formado de tierra seca, y cada una de esas capillas familiares guarda un sin fin de historias. Algunas rotas, otras devoradas por hierbas. Camino entre calles de muertos como en un laberinto en el que tanta singularidad me marea. Estatuas de ángeles tristes, alegres, santos, vírgenes, cruces. Y todo vacío. Salvo los árboles, los caracoles panteoneros y algunas flores que de tan marchitas están apunto de morir, diría que soy el único vivo en muchos metros a la redonda. Un lugar como éste impone por su silencio que habla y por las miles de mirada de aquellos que ya no están pero están. Y siento miedo por ser diferente aquí.
 
Muertos con apellidos de abolengo. Muertos desconocidos. Muertos que llevan más tiempo muertos que vivos. Muerte. Salgo del panteón intoxicado de ella.  
 
 
Lunes 15 de enero de 2007
‘Megasuspenciones Lu-Gra’
11:53 hrs.
 
Desde hace semanas mi auto gris hace un ruido extraño cuando lo conducen. Hoy, además, tiro anticongelante. Por eso estoy en el taller mecánico de la señora Graciela, mi mecánica de confianza y la persona que conozco que más sabe de autos en el mundo. Sucede que se rompió la bomba del agua. Se la cambiaron inmediatamente. Al preguntar sobre el origen del ruido, descubrieron que tenía mal los valeros de las llantas traseras y que urgía cambiarlos.
 
La señora Graciela y sus mecánicos no se explican como no se salieron las llantas en movimiento, pues los valeros estaban ya tan gastados que les parece imposible que haya aguantado tres meses en ese lamentable estado. De no haber ido hoy al taller, era cuestión de unos metros a bordo del vehículo para que las llantas salieran disparadas, el auto perdiera control y seguramente, ocurriera un accidente fatal. Lo dejo. Tardaran unas tres horas en arreglarlo y cambiarle lo necesario. Regreso caminando a casa.
 
 
Lunes 15 de enero de 2007
Librería Rosario Castellanos
19:37 hrs.
 
Un antiguo panteón. Un taller mecánico. Poco o casi nada tienen en común. En eso pienso ahora, mientras me tomo un café en una librería en la colonia Condesa. Sí. Vine en metro. El auto me lo entregan hasta mañana.
 
Además de mi… ¿cuánta gente se salvó de morir hoy?.
 
Supongamos: esta tarde tenía planeado ir a cualquier librería a ver las últimas novedades editoriales. Originalmente mi intención era dirigirme a la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. Si la bomba de agua de mi auto no se hubiera averiado, no habría ido esta mañana al taller, y mucho menos me hubiera enterado de lo dañado de los valeros de las llantas. Después de comer me habría subido al auto, y de seguro tomaría avenida Churubusco. Sin duda iría a más de 95km/h. A esa velocidad y con esos valeros mi vehículo indudablemente hubiera perdido una o las dos llantas traseras.
 
Una de esas llantas abría salido volando a cualquiera de los otros carriles de la avenida. Muy probablemente habría impactado en otro vehículo con fatales consecuencias. O bien, alguno frenara para evitar el impacto con el neumático, pero sin evitar una carambola con los vehículos que vinieran detrás de éste. Ahora ¿qué me habría pasado a mi en el interior de mi auto desbocado y fuera de control?, ¿me habría estampado con otro conductor, hubiera impactado con algún muro o poste de las laterales?, ¿y si en el momento del siniestro hubiera transitado uno de los puentes de esta avenida?, ¿caería al vacío?, ¿y los vehículos y gente de abajo?. Son un sin fin de posibilidades, todas igual de macabras. Acompañadas por el común denominador, en el peor de los casos, de la muerte.
 
Si una bomba de agua no hubiera cambiado mi destino hoy, probablemente no estaría escuchando música clásica, ni dándole un trago más al café. Pensar en cambio, en un hospital, una sala de velación o en mi carro destruido a lado de una avenida me da escalofrió. A mi alrededor hay libros, algunas personas leen. Otras platican en voz baja o recorren las estanterías. Todos vivos. No como en el Panteón Francés. 
 
Desconozco los caminos y formas de actuar del destino. A estas horas del Lunes me sigue causando conflictos el pensar que desde hace semanas traía a la muerte siguiéndome los pasos. Ahora mismo, quizá estoy ocupando un espacio que ya no debería. ¿fue coincidencia haber ido esta mañana a un cementerio? ¿y qué justo hoy se haya descompuesto el auto de una insignificancia?. Aquellos a los que mi ‘accidente’ iba a involucrar quizá mortalmente estarán enterados, ¿sabrán que se salvaron y que siguen vivos por una coincidencia?.
 
Nunca sabrán que, al igual que yo, hoy debían morir. 
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Una respuesta to “El día que debí morir”

  1. Escritor tenias que ser…

    Ese dramita de "hoy debi morir" me da flojera.

    Como dice Rafael Inclan en "Fuera del Cielo": "No pienses tanto, pensar es malo. Luego por eso nos perdemos de eso que es la vida… y nos agarran a putazos"


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