el incomprensible mundo de gabriel revelo
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Yo pecador

 
"De nuevo acabo de decirle que ‘no’… y no me siento ni tantito culpable de haberlo hecho"
 
Ave María Purísima…
 
Sin pecado concebida…
 
Dime hijo, ¿cuáles son tus pecados?
 
Acúseme Padre, de tener la suficiente desvergüenza de venir ante usted y entrar a éste confesionario, sin tener la menor voluntad de contar con la absolución de Dios. Peor aun, me declaro inocente de los hechos que estoy a punto de contarle. De no encontrar pecado alguno en mis acciones.
 
No. No me interrumpa por favor Padre. Déjeme contarle todo. Y después, emita su juicio en el nombre del Creador. Soy arista del pincel. Pinto paisajes, momentos históricos, escenarios improbables cargados de realismo. Crear otros mundos en un lienzo es mi pasión. Por eso nada más en la vida me atrae. Fuera de mi desordenado estudio, no concibo el menor atractivo en la vida externa ni en las personas. Ni en el amor. Ni en nada. No tengo amigos y los pocos familiares que tengo se han hecho a la idea de sólo verme un par de horas el 25 de diciembre. El resto del año, para ellos y el resto del mundo no existo.
 
Tampoco piense que a mis treinta y cinco años soy un ermitaño. De algo tengo que vivir ¿o no?. Sólo salgo de mi estudio los sábados y domingos, días en los que vendo alguna de mis pinturas en la Plaza de San Jacinto, por el rumbo de San Ángel. Ahí me encontré con Estrella. Recién terminaba la misa dominical, ella y su pequeña hermana se acercaron a ver algunos de mis cuadros. Me pareció atractiva, aunque demasiado joven. Tan sólo diecinueve años. Pensándolo bien, aparenta ser más grande. Alta, portadora de un cuerpo hermoso, casi divino. Su impecable cabellera rubia a media espalda y su piel blanquísima pueden mentirle a cualquiera.
 
Sus ojos grises se cruzaron con mi mirada. Hacía tanto que una mujer no me veía así. Fueron un par de segundos. Suficientes para adivinar un dejo de coquetería en sus hermosas pupilas. No sé si hago bien en contarle éstas cosas Padre. Quizá sea un sacrilegio describir su cuerpo tan detalladamente en la Casa de Dios. Si es así discúlpeme y sume el primer Padre Nuestro a mi futura penitencia. Esa primera vez me preguntó por el precio de una pintura. Sabía que no podría pagarme un cuadro como ese. Aun así se contento con sonreírme y marcharse con su hermana, antes de que yo pudiera decirle el precio de aquella obra.
 
A la siguiente semana volvió. Con una amiga de su edad, ya no con su pequeña hermana. Arreglada atractivamente, con un vestido entallado de flores amarillas y no con el conjunto deportivo de siete días atrás. De nuevo me preguntó por el mismo cuadro. Doce mil pesos, respondí. Ella no se marcho. Se sentó a mi lado junto con su amiga. Me dijo su nombre, su edad, sus sueños de convertirse en pintora y vender sus obras como yo. Vi tanta pasión en sus ojos y tanta emoción en su voz, que después de pasar más de tres horas platicando le regalé aquel cuadro que tanto le gusto. Así el lienzo con una casa estilo colonial y una fuente que pinte en una noche de lluvia se fue con ella.
 
Ese cuadro es el culpable de la desgracia de Estrella. Cada domingo por la tarde llegaba hasta mi sitio en aquel parquecito apacible. Arreglada. Sola. Perfumada. Se sentaba a mi lado. Aprovechaba cualquier pretexto para tocarme y acercar su cuerpo juvenil al mío. Al principio su presencia me era indiferente. Comencé a disfrutarla después, cuando hablábamos por largos periodos de pintura. ¿El nacimiento de una amistad? No. Por mi parte ella no era más que una mujer más. Interesada en mi trabajo, sí, pero sin mayor significado para mi.
 
Ahora Padre, supongamos que ella buscaba solo ser mi amiga, pero, ¿es posible que haya amistad entre un hombre y una mujer?. Yo digo que no. Estoy convencido que tarde o temprano uno de los dos termina admirando demasiado al otro, y así, enamorándose irremediablemente. Como podrá adivinar, fue ella la que poco a poco se enamoró de mi. Fue ella. No yo. ¿Ve porque yo no puedo ser el culpable?. La que decidió creer que aquel regalo desinteresado por mi parte era la respuesta a sus coqueteos fue ella. Quién me frecuentaba cada fin de semana, me platicaba su vida privada y vestía provocativamente fue ella. No yo.
 
Justo cuando, medio año después, Estrella comenzó a visitarme en mi estudio. Su presencia empezó a fastidiarme. A esas alturas sus sentimientos para conmigo eran más que obvios. Un día intento besarme. La rechace. Así es Padre. Lo que para muchos jóvenes de la edad de Estrella habría sido algo inolvidable para mi sólo representó repugnancia. Sus pequeños labios de rojo intenso podrían derretir a cualquier hombre no surtían la menor atracción en mi. No es que sea una mala persona. Solamente que ella y yo pertenecemos a mundos completamente opuestos. Ella ama la pintura, pero no más que al amor. Yo puedo prescindir del amor, pero no de la pintura. Por eso nunca me he enamorado de una mujer. No lo necesito. No me hace falta. Sensualidad, pasión, belleza. Eso y más lo encuentro en el Arte.
 
La primera vez que me pidió que fuéramos novios, Estrella ya estaba obsesionada conmigo. Aquel sábado en la tarde le dije que no. Supongo que también dije todas esas palabritas nefastas ‘no eres tú soy yo’, ‘eres demasiado joven para mi’, ‘mereces a alguien mejor’. Ni siquiera lloró. Lejos de entenderlo creyó que solo le estaba haciendo las cosas difíciles, y que mi verdadera intención era probar su amor. Siguió buscándome. Irrumpía por sorpresa en mi estudio, diario, a todas horas. Y así empecé a sentir despreció por ella Padre. No soportaba que se apareciera sin avisar y me robara los momentos de inspiración que tanto necesitamos los artistas del pincel. Me quitaba las horas de soledad que tanto atesoro y disfruto. ¿Qué sería de un pintor sin esos instantes en los que, a solas consigo mismo crea en su mente universos enteros de líneas y color?. Decidí armarme de valor. Pedirle que me dejará en paz.            
 
Estrella enfureció. Revolvió mi estudio. Mancho algunas obras. Llorando decía que me amaba con locura, que estaba perdidamente enamorada de mi y que sin mi, su vida carecía de valor. Le tuve mucha paciencia Padre. No le grite, toleré su reacción y sin usar excesivamente mi fuerza la saqué.
 
Tres días después allí estaba, en la Plaza de San Jacinto, vigilándome a lo lejos. Una joven se acercó a pedir informes de mi trabajo. Estrella, enferma de celos, salió de su puesto de vigía y comenzó a gritarme en medio del Parque. De una patada tiro una pintura y comenzó a lanzarme golpes que con dificultad esquivé. Mis colegas pintores me ayudaron a controlarla unos minutos. Un par de policías detuvieron a Estrella y se la llevaron detenida a la Delegación. Como no quise levantar cargos, salió esa misma tarde aunque con la advertencia, –por parte de la autoridad, la mía y de sus padres–, de no acercarse nunca más a mi.       
 
No volví a verla ni a saber nada de ella durante las siguientes semanas. Dejé de frecuentar la Plaza de San Jacinto y mude mi puesto de venta al centro de Coyoacán. Por un mes me olvide de los penosos incidentes con Estrella y logré olvidarla. Pensé que todo quedaría ahí, en una simple anécdota de tintes desagradables. Hasta que una noche en mi departamento apareció Paulina, su madre. Una señora bastante orgullosa Padre. Se veía que le pesaba estar ahí. Me pidió que fuera a ver a su hija. Estrella, me dijo, está irreconocible. No come, no duerme, no sale de su cuarto. Sólo llora. Es como si se hubieran robado su voluntad.
 
Paulina me suplicó que interviniera inmediatamente. Que tan sólo le marcara por teléfono y que con el tiempo Estrella iría dejándome de lado. No me convenció. Le expliqué lo complicado de mi estilo de vida y al final me dio la razón.
 
Al otro día, Estrella me mandó una carta en la que me pedía perdón por haberme obligado a quererla. No le respondí. Por la noche intentó suicidarse. Se corto las venas de la muñeca con un cuchillo de cocina y fue internada de emergencia en un hospital de Avenida Universidad. Mismo del que escapo para dirigirse a mi Estudio-departamento. Llegó a las cinco de la mañana, con las venas ensangrentadas y el suero del hospital aun pendiendo de su brazo izquierdo. Me amenazó con quitarse las vendas y desangrarse ahí mismo a menos que aceptara escaparme con ella a otra ciudad. Juraba que con el tiempo la amaría. De lo contrario su muerte sería mi culpa. ¿Usted que haría Padre? ¿Condenarse a vivir con alguien a quién no ama y que da claras muestras de inestabilidad mental o abandonarla a su suerte, a sabiendas de que es capaz de atentar contra su vida?.
 
Yo no lo pensé dos veces. Di media vuelta. Detrás de mi escuchaba sus gritos y de reojo vi cómo se despojaba violentamente de sus venas. La sangre rápidamente mancho de rojo su bata blanca de hospital. Entonces Estrella hizo lo que jamás imagine: tomo uno de los candelabros que con velas iluminaban mi estudio y las arrojó directamente a una de las cubetas de solvente que uso para limpiar mis pinceles. Súbitamente las llamas se avivaron y rápidamente comenzaron a extenderse y devorar cada espacio, cada una de mis pertenencias, cada una de mis pinturas. Y le juro que casi me muero Padre. Dejé de preocuparme por Estrella. En medio del humo y el fuego sólo tenía una preocupación: salvar mis creaciones, sacarlas de ese infierno que amenazaba con aniquilar el fruto del esfuerzo de toda mi vida. Perdí el conocimiento.
 
Desperté en la calle, en medio de una muchedumbre que en medio de la calle veían como un grupo de bomberos sofocaban el incendio. Dos paramédicos me atendía y un oficial de la Policía me informaba que el fuego ya estaba controlado, pero que lamentablemente todas mis pertenencias habían sido reducidas a cenizas. Tuve quemaduras de primero y segundo grado por lo que permanecí varios días en el Hospital. Al salir, algunos de mis familiares me ayudaron a redecorar mi estudio-departamento que hasta ese momento no era más que escombros y desastre. Uno de mis sobrinos me comentó que la causante del incendio, la mismísima Estrella no había muerto. Fue internada en una clínica psiquiátrica de Tlahuac.
 
No sé si odiar sea pecado. Pero desde entonces la odio con toda la fuerza de mi ser. Por sus obsesiones infundadas perdí todo lo que era, todo lo que por años me ayudó a encontrarle sentido a mi vida. Sí. Puedo volver a pintar. Pero aquellos trazos, aquellas sensaciones que sentí al forjar las imágenes que formaban mis antiguos cuadros jamás las recuperaré. Y eso me duele mucho Padre. Es como ver morir a un hijo. Uno nunca vuelve a ser igual, ahí un vacío de pura nostalgia ocupando el lugar de mi corazón. Después del incendio pensé alejarme para siempre de ella… después llegó el odio y decidí destruirle la vida así como hizo conmigo. ¿En dónde estaba escrito que debía quererla?. ¿Por qué nunca pudo entender que habemos personas negadas para el amor?. ¿Por qué no quererla significo mi ruina, si se supone que me amaba con locura? Supongo que se hiere a lo que más se ama, consiguiendo así la sumisión de nuestro amante al advertirle que su corazón está fieramente sujetado en nuestras manos. De alejarnos, nuestro pecho se desangra en miles de flagéelos y venas que como nuestra integridad, se romperán violentamente. Morir desangrados. Morir quemados. Morir locos. Pero morir juntos.
 
Desde entonces la visito cada semana. Sí Padre, adivinó bien: los domingos. La atormento diciéndole que estoy enamorado de otra mujer. Y ella, dentro de aquella cabina blanca, ataviada en una camisa de fuerza, siempre se desgarra en llanto y me hace la misma pregunta: ¿Quieres ser mi novio?. Yo río. Estrepitosamente. A carcajadas. Y me marcho. Ahora mismo vengo de verla. De nuevo acabo de decirle que ‘no’… y no me siento ni tantito culpable de haberlo hecho. Quiero que pague con su locura mi propio desconsuelo. Hasta que alguno de los dos muera a causa de su odio por el otro.
 
Ya escuchó mi historia Padre. ¿Soy inocente, culpable, victima, pecador o demonio?. Además del Padre Nuestro que ya le debo, ¿Cuál será mi penitencia por el pecado de huir del amor?
 
 
Gabriel Revelo – Enero 2007

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