el incomprensible mundo de gabriel revelo
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Mi abuelo

 
Iba la otra vez en el auto, platicando con mi abuelo. Me había pedido que lo acompañara a cobrar dinero al banco, y yo accedí no tanto porque no tuviera que hacer, sino por el mero gusto de escuchar algunas de sus anécdotas que tanto me sirven para después, con un poco de ayuda de la ficción, fabricar historias. Justo atravesaba boulevard Puerto Aéreo, cuando mi abuelo soltó de la nada, sin solemnidades ni cambios en el festivo tono de su voz, la siguiente frase: Yo lo que quisiera ya es morirme.
 
Ante mi sorpresa por tal afirmación, mi abuelo me contó que a los 86 años uno siente la mayoría los dientes flojos, como si estuvieran a punto de salirse. Dictamen que con ayuda de un espejo es fácil corroborar: Cada vez se salen más de las encías, por eso se ven más grandes. Su dentista ha intentado calmarlo diciéndole que lo que se desgasta y reduce son las encías, y que por eso tiene esa sensación de que las piezas dentales se le salen.   
 
Aun así, el que sus dientes estén a salvo no le quita la idea de querer morirse. Dice que la gente de su edad luego anda dando lastimas. Que se hacen en los pantalones, que andan todo el día manchados y oliendo mal. ‘La gente piensa que uno es un cochino y se enojan con uno’. Resignado me dice que a veces, por más que se quiera, cosas así pasan’.
 
‘Terminas cayéndole mal a todo mundo y estorbándole a todos. La mayoría de la gente me ve y piensa que para mi edad estoy bastante bien. Pero no saben que uno se cansa con sólo andar tres cuadras, que me tiemblan las piernas. Cualquier comida te cae mal y te da diarrea muy seguido. Hasta por tomarte una copa de más. ¿Para que quiero seguir viviendo?, ya hice todo lo que tenía que hacer. Si me voy a morir mañana, mejor de un vez. ¿Qué necesidad de andar dando lastimas después, sin poder moverme ni caminar?’
 
Y yo le creo. Aunque no del todo. Porque mi abuelo a sus casi noventa diario sale a caminar, sigue viajando, atendiendo sus prósperos negocios, ideando paseos familiares los domingos. Tiene, además de varios amigos de su edad,  con los que se reúne a comer y a tomar un par de copas una vez al mes, esposa, más de diez hijos, como veinticinco nietos, muchos parientes lejanos y hasta dos tres bisnietos. Posee un agudo sentido del humor y un repertorio de chistes gigantescos, que hacen casi imposible que en una tarde con él no te rías. Como el dice, cae bien en todos lados.
 
Mi abuelo se llama como yo, sólo que con el ‘Don’ antecediendo el nombre. Nació en Huatusco, Veracruz, en una familia humilde. Estudió hasta el tercer año de primaria y se dio cuenta que lo suyo era el comercio. Llegó muy joven a la Ciudad de México de los cincuenta con casi nada. Comenzó a vender lo que podía y a tomar trabajos temporales. Años después ahorró y puso una fabrica de veladoras. Trabajaba diario, tuvo varias mujeres hasta que conoció a mi abuela, se casaron y tuvieron muchos hijos. Vendió la fabrica, compró algunos terrenos, construyo su casa y varios edificios. Aunque ha viajado por todo el mundo dice que no hay un lugar más hermoso que Veracruz. Habrá que creerle también.  
 
Por eso, aunque dice que ya quiere morirse no le creo. El día que dejé de decirlo, se siente todo el día en su casa y no quiera salir a caminar, entonces me preocuparé.

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