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Iba a ser verguenza. Se volvió Esperanza

Originalmente esta entrada iba a llevar por titulo ‘VERGÜENZA’, tal y cómo está escrito: con mayúsculas y todo. Vergüenza por los acontecimientos que tuvieron lugar desde hace dos días en la Cámara de Diputados en San Lázaro, y que captaron la atención de la opinión pública nacional e internacional. Escenas francamente infortunadas y dignas de un mercado, gallinero o cantina de quinta, pero no de una Honorable Cámara de Diputados de un país que se presume en desarrollo.
 
A estas alturas del día para nadie es noticia que por más de treinta y seis horas los diputados panistas literalmente ‘tomaron’ la tribuna del Palacio Legislativo para impedir que sus colegas perredistas hicieran lo propio y evitaran así que el hoy Presidente Felipe Calderón tomará protesta éste día como primer mandatario de México. El miércoles éstos honrosos ciudadanos decidieron ya no abandonar el Palacio Legislativo y acampar dos días en aquel sitio para ‘guardar su lugar’ de los contrarios.
 
Golpes, enfrentamientos, gritos y empujones fueron la constante de los llamados ‘representantes del pueblo’ por hacer valer (por las buenas, por las malas, como sea) la voluntad de su bancada política, y de paso, brindarle al pueblo de México una nueva versión de Big Brother. Uno podía prender la televisión y poner el canal del congreso o cualquier noticiero para ver a los Diputados hacer nada. En la mañana llegaban los tamales. Al medio día daban alguna entrevista, uno que otro empujón para matar el aburrimiento. Ya en la tarde el menú eran tortas y manzana Lift en lata. Por la tarde los gritos de una y otra bancada para hacer sentir la presencia. Ya en la noche un pancito y a intentar dormir en bolsas de dormir, sarapes y por qué no, para los más bohemios y desvelados, el concierto de media noche en la que los alegres políticos cantaban desentonadamente los clásicos rancheros de ayer y hoy.
 
Mi amigo Ángel Vázquez me ha dicho que le encanta la política y se extraña de que yo no comparta tal gusto. Para ser exhibicionista está Big Brother. Para agarrarme a golpes en público está la lucha libre. Prefiero mejor dedicarme a escribir, que si bien no es tan glamoroso, al menos me deja intacta la dignidad. 
 
No niego que al menos a mi todo esto me causaba horror. El que dirán debería tenernos a todo sin cuidado, pero se imaginan el ridículo que estábamos a punto de hacer ante tantos invitados internacionales de primer orden. ¿Qué imagen daría México?, la de un país ingobernable, anarquista, sin orden?. Aun hoy, después que todo volvió, al menos por unas horas a la tranquilidad, no sé si nos libramos del todo de haber representado un papelón ya no ante el mundo, sino ante nosotros mismos.
 
Me desperté a las siete de la mañana, y los noticieros matutinos ya daban un seguimiento puntual y preciso de la situación que imperaba en San Lázaro. A las ocho hubo otra pequeña riña y se bloquearon los accesos a Palacio Legislativo. Aquellas imágenes me dieron una mezcla de coraje, pena ajena e impotencia. Después las cosas se medio calmaron y contra todos los pronósticos, Felipe Calderón accedió fácilmente al recinto Legislativo por detrás del escenario acompañado de Vicente Fox. El ya Presidente recibió la banda presidencial, rindió protesta constitucional y entono respetuosamente, como todos los presentes, el Himno Nacional Mexicano.
 
Horas después dió su primer discurso desde el Auditorio Nacional. Hace unos minutos, recibió honores militares en el Campo Marte y tomo protesta por parte de las Fuerzas Armadas. Haciendo un balance y ya no me siento avergonzado, al contrario, me encuentro esperanzado. A final de cuentas el zafarrancho de los Diputados no paso de un par de silbidos y un par de consignas lanzadas por parte de los perredistas. Al final la cordura se impuso y no hubo violencia ni disturbios que lamentar. López Obrador también tuvo su mitin, marchó por Reforma y hubo un par de discursos. También aquí hubo tranquilidad.
 
Demostrar que somos capaces de expresarnos y manifestarnos sin que la pasión de la fuerza bruta nos gané me demuestra que no obstante el país tenga muchos problemas y retos, al final el deseo de todos es hacer crecer a México. Porque podemos disentir, pero jamás dejar de ser un ente gigantesco que siempre se ha demostrado cariño y solidaridad. Eso y más es México.
 
En la bellísima explanada de Campo Marte una inmensa bandera mexicana ondea imponente en el corazón de mi soleada ciudad. El cielo azul y sin nubes me dice que faltan muchas cosas para que nuestro país sea realmente el que todos queremos. López Obrador seguirá haciendo castillos en el aire. Los diputados tardarán un buen tiempo en ponerse de acuerdo en todo, pero, si el sentimiento que me inunda hoy lo tienen el resto de los mexicanos, entonces hay esperanza. Y volvemos a empezar…        
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