el incomprensible mundo de gabriel revelo
Just another WordPress.com site

La historia que no quise escribir

En esta ocasión voy a pecar de explicito. Cuando escribo, sobre todo tratándose de experiencias personales, trato de omitir nombres, situaciones y mezclar todo con un poco de ficción. Hoy no. Que me disculpe Dios y la protagonista del siguiente relato por hablar de ella.

Se llama Jaya, y desde la primera vez que la conocí me recordó a una novia del pasado. Sucede que conseguí un trabajo de dos semanas en TV Azteca, como parte del staff de apoyo para el evento de 100 años de Grupo Salinas. En cuanto me propusieron ese empleo temporal acepté, pues el ambiente de trabajo es agradable y está lleno de buenas personas. Además de mí, otros tres ex practicantes fueron también llamados, entre ellos Jaya, de veintiséis años. Para mi sorpresa la pasé bastante bien en su compañía.

Cuando me presentaron a Jaya pensé que era para mí. Se me hizo guapa: piel blanca, cabello castaño y ondulado a media espalda y sobre todo unos profundos ojos ámbar. No es una modelo, pero tiene algo. Les repito, me recuerda a otra persona. Muchas cosas de Jaya me atrajeron. Si había que trabajar lo hacía con ahínco y profesionalismo. Cuando era el tiempo de platicar y hacer bromas, ella participaba con gusto. No como yo, que para todo me la paso metiendo la pata y comportándome como niño hiperactivo. Todo iba muy bien si no hubiera sido porque la señorita tiene novio y decenas de pretendientes que le hablaban todo el día, tarde y noche a su celular y a las extensiones que nos asignaron en Azteca. Éste pequeño detalle hizo que su servidor desistiera desde un principio de cortejar a Jaya.

El miércoles nos avisaron que para el evento de 100 años de Grupo Salinas debíamos ir vestidos formalmente. Llegado el día me arreglé lo más presentable que pude y me dirigí al Museo Rufino Tamayo, dónde tendría lugar la celebración. Llegué buscando a Jaya, quien vestía pantalón sastre y suéter negro que contrastaba agradablemente con su rostro. Creo, pues para estas cosas no hay un termómetro, que fue justo en ese momento cuando su presencia empezó a inquietarme más de lo normal. Debido a la importancia de los invitados (incluido el Presidente y el Presidente electo) todos los colaboradores del staff portábamos un radio transmisor (de esos que tienen diadema y que te hacen ver profesional e importante) y un gafete que nos identificaba. Nuestra encomiendo era atender cualquier asunto de logística y circular por todos lados ‘dizque’ supervisando que todo estuviera en calma. Yo mejor supervisaba a Jaya.

No sé si era suerte, destino o plan con maña el cruzarme con Jaya cada 5 minutos. A veces la veía sola e iba a platicar un poco con ella. Otras veces era ella la que se acercaba a mí. Seguramente el lector pensará que me ilusioné por nada y que mi soledad me hace ver cosas que no son. Pero uno siente cuando hay interés de una persona y la química crece peligrosamente, así me pasó con Jaya. La decoración de la explanada del museo no ayudó mucho a que me la sacara de la cabeza: Salas blancas y taburetes estilo launge, velas en cada mesa, luces que iluminaban el bosque que rodeaba el espacio, una noche fría. El evento comenzó y el trabajo disminuyó. Yo caminaba con Jaya muy cerquita. Su pelo olía rico, el resto de ella también. No a perfume, sino a mujer, no sé describirlo, pero quién esté en una situación de tensión romántica con otra persona sabe a lo que me refiero. Sutilmente me di cuenta de que quería abrazarla. Sutilmente cada vez platicábamos más cerquita. Demasiado diría yo.

Nos sentamos en un taburete blanco. Seguimos hablando, me hizo reír, la hice reír. Me dijo que estaba helada. Toque su mejilla. Se me quedo viendo. Seguimos hablando de banalidades. En el estrado Vicente Fox leía su discurso. A cuatro metros de distancia Jaya y yo platicábamos. De un momento a otro la besaría. Más cerquita. Diez centímetros separaban nuestros labios, quizá menos, quién va a estar midiendo en esos momentos. Mala suerte, terminó el discurso y la banda militar que estaba justo a nuestras espaldas comenzó a entonar el Himno Nacional. Todos de pie, también yo. Todos cantan, también Jaya. Siguió el banquete. Seguí con ella. A veces con nuestros otros compañeros, a veces solos. Pero siempre los dos.

Para las once de la noche Javier Alatorre transmitía su noticiero desde la explanada del museo que por unas horas fue un elegante bar. Dijeron que el evento había terminado y éramos libres de unirnos a la fiesta. Dejamos la diadema, los radios y nos dedicamos a comer bocadillos. Después trajeron dos botellas de vino. Todos brindamos. En broma le volví a servir más. Yo me serví otra. Siempre, en cualquier mesa o sala en la que nos sentábamos lo hacía a mi lado. Su pierna rozó la mía. Creí que la quitaría. No lo hizo. Después los pies, juntos también. Cuatro botellas después fuimos a dejar unas cosas a mi auto y sobra decir que tanto alcohol ya había afectado mis sentidos. Ella estaba igual. Guardamos las cosas y ahí estábamos. A media noche, en medio de un bosquecito iluminado de azul y naranja, solos y tomados. De nuevo la plática cerca. La hubiera besado en ese mismo instante si no es que lo poco de conciencia que me quedaba no me hubiera advertido que pensara bien las cosas. Le ofrecí llevarla a su casa. Aceptó.

Volvimos a la fiesta pero continuamente nos movíamos a otros lugares. En algún momento puse mi mano en su espalda. La tensión crecía. Díganme que estoy loco, pero ella correspondía todos mis comentarios, ocurrencias y movimientos hacía ella. Cada vez nos acercábamos más. Creo que se llama atracción.

Me fui a las dos de la mañana. Borrachísimo y solo. Sucede que uno de nuestros jefes vive por su casa y se la llevo. Sí, pueden llamarme ‘loooooser’. La verdad no hice mucho por retenerla. Ni siquiera hice mucho porque pasara algo más. Por una noche no me iba a enamorar de ella. O quién sabe. Ese es el problema conmigo, que tardo mucho en encontrar a alguien para enamorarme, pero después me cuesta mucho dejar de lado a las personas. Por eso dejé que se marchara. Porque de haberle hablado o llamado hubiera regresado y sabe Dios qué hubiera pasado en la madrugada. Miles de preguntas cuestionan una historia que dejé inconclusa y cuyo final quise dejar en el limbo.

Al otro día volví a ver a Jaya y la hice enojar por última vez. En TV Azteca nos pagaron nuestros viáticos y nos despedimos. Aunque tengo su celular, es mejor dejar las cosas así. Como un libro que jamás fue escrito, pero que se moría de ganas por existir.


Una respuesta to “La historia que no quise escribir”

  1. jajjajajaja muy buenaaa! suele pasar esooo🙂


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: