el incomprensible mundo de gabriel revelo
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El chico del Burger King (siempre miércoles)

– Así es mi querida Noemí, no sé ni por qué me gusta meterme en tantos líos. Supongo que es el aburrimiento de las vacaciones, las ganas de vivir algo más, ó, vete tú a saber. Ya me lo decía mi mamá ‘Bethzabé, tú comportamiento siempre deja mucho que desear. Bethzabé, por qué dejaste de estudiar. Bethzabé, no siempre la vida te dará todo’. Por eso, amigocha de mi alma, antes de confesarte mi última fechoría, te pido me jures y perjures por tú vida que no le dirás nada a Diego. Ya ves, él cree que le soy fiel hasta con el pensamiento.  

Todo comenzó hace un mes, digo, más o menos ¡que chingados importa la fecha exacta!. Tampoco creas que me importa mucho, como te dije, fue una travesura, y como tal, no tiene mucha importancia. Resulta que paseaba en mi adorado Peugeot azul celeste. Si Noemí, ni me pongas esa cara, aunque sepas que coche tengo me gusta repetirlo mil veces: Tengo un P-E-U-G-E-O-T azul marino, y es sólo mío. ¡Además Wüey, cuando presumes tu Beattle nadie te dice nada!. En fin, te decía, has de cuenta que era miércoles y yo manejando en pleno periférico con unas ganas enormes de darme un piquete de cocaína, pero pues ni modo de pararme en plena vía rápida para hacer mis porquerías ilegales. La desesperación hizo que me fuera metiendo en calles que ni conocía. Al final fui a dar por un rumbo horrible en el oriente de la ciudad. Supuestamente la calle se llamaba ‘Ermita Iztapalapa’. El chiste es que me pare en una especie de centro comercial, naquisimo por cierto, donde lo primero que vi fue un Burger King. Hubiera preferido inyectarme en el baño de un Italianis o de perdida en el de un Starbucks, pero parece que por esos rumbos ni los conocen. Dos minutos después, ahí tienes a tu amiga Bethzabé, entre olores de miados inyectándose y sintiéndose cool de nuevo.  

Al salir me dio pena y no sabía que hacer. Imagínate llegar a un lugar como ese, entrar al baño y salirme muy gatamente sin consumir nada. ¡Iban a creer q soy una pobretona!, y ya sabes que antes muerta a dar lastimas. Digo, no es que me importara mucho la opinión de los nacos del Burger King, ¡pero una tiene su orgullo!. Así que fingiendo una modestia que francamente no tengo, me instalé en una mesa de la orilla. ¡Y no mames, fue ahí cuando lo vi wüey! Un chavito cagado con una cara de pendejo que no puede con ella, mirándome embobado. Supongo que a lo mucho tiene dieciocho años, igual y todavía ni es mayor de edad. Por eso, cuando decidí comprarme cualquier cosa en la caja decidí que fuera el, y no la gorda barrosa de a lado, quién me atendiera. El escuinclito empezó a tartamudear cuando me acerque y apenas pudo darme la clásica bienvenida ‘recitada’ de estos restaurantes de comida rápida. Le sonreí porque me dio risa su nerviosismo. Le ordene la primera porquería que se me vino a la mente. Eso si, tamaño grande, yo seré todo menos miserable. Gracias a su placa de empleado supe que el pobre se llama Carlos Honorio.

Me atendió rapidísimo. Se supone que el chiste de estas fondas gringas es que a una la atiendan en chinga, pero bueno, supongamos que igual y el pobre señoriíto Honorio se apuró porque lo puse nervioso. Regresé a mi mesa sintiendo que la cois ya hacía efecto completamente en mi organismo. Y pues ya pachequeada y con la mente en quién sabe qué dimensión me puse a tragar las papas como marrana y en has de cuenta, que volteo y miro al chamaquito con sus ojos bien clavados en mi. ¡El pobre desvió la mirada en friega!, y pues aquí fue dónde todo valió pa’ puras madres. Decidí, por mis calzones y porque tú me conoces: soy una chingona, empezar a provocar al aprendiz de vouyeur. De repente me sentí muy cachonda y empecé a comerme las papas, una por una, lentamente, mirándolo provocativamente. Él pobre se puso todo rojo. Y bueno, me dio un poco de pena que mucho de los presentes, todos unos gatazos pero bueno, se dieran cuenta de mi actitud ‘chenchualona’. Me paré en friega, me salí del Burger y me fui rapidísimo. Por supuesto en mi Peugeot azul marino.        

* * * *

– En toda la semana no volví a recordar lo que paso… ni al chavito éste. Con los pasones que me doy, y la de galanes, además de Diego, que tengo babeando tras de mi poco tiempo me queda para pensar en pocas cosas. Y él, mi naquito, es poca cosa. ¡Osea Wüe… quita esa cara de asco y aburrimiento atroz que traes! Obviamente no todo acaba ahí. Has de cuenta que una semana después fui de compras a Polanco. Me pasé toda la mañana y parte del medio día comprándome unas cosas bien ‘cutes’ que luego te presumo. Y has de cuenta, que ya iba para mi casa y que sin querer paso por un Burger King ¡y que me acuerdo del chavillo y de la calentada que le di!. Sentí que un diablito en mi interior me provocaba e invitaba a seguirme metiendo en líos. Y pues ya te imaginaras. Que le hablo a mamá para avisarme que no iba a llegar a comer y que me lanzo a la avenida horrorosa esa, en la que había un tráfico impresionante. Casi dos horas después, con un genio de la pinche madre llegué al King-Burger con un poco de hambre y con muchas ganas de ver de nuevo a mi victima. Ocupé la misma mesa, y me quedé ahí, pensando cómo iba a fregarle a este pobre la existencia. Carlos Honorio ni cuenta se había dado de mi presencia. Sutilmente me deslicé hasta tomar una servilleta corrientísima con el logo del establecimiento y me puse a escribir.

¡Exacto Noemí!, pura cursilería. La dichosa servilleta que luego doble en cuatro y se la dejé a un lado de la caja mientras atendía distraídamente a una señora y a sus horrendos escuincles, estaba llena de frases empalagosas. Obviamente puras mentiras. Has de cuenta que le puse ‘hola, me llamó Bethzabé, el otro día vine, ¿te acuerdas?…’ ‘me da pena decírtelo, pero estas super guapo, tienes un no sé qué, que me fascino…’ ‘… me encantaría conocerte más, me gustas’ ‘… pero soy muy tímida y no sé cómo acercarme a ti, además de que no quiero que pienses que soy así con todos’, ‘creo que podrías ser mi amigo, y quizá, algo más…”. Después de dejarle la nota me fui. Creo que ni me vio.

Los días subsecuentes pensé que tan bueno era o no seguir atormentando al pobre chico del Burger King. A veces sentía un poquito de remordimiento, tú crees, hasta me dieron ganas de ya dejarlo en paz, ¡y así hubiera sido si no me hubiera peleado con el imbecil de Diego! Es que no manches, ¡esta bien teto! Sí, ya sé que es mi wüey pero no mames, de que empieza a tomar se pone bien loco e impertinente. Siempre me pone de malas. Pues has de cuenta, como tres días llegó por mi para salir, y traía el hocico apestando a puro alcohol y la verdad eso me encabrona mucho. Diego borracho me da miedo, por eso ni modo de decirle nada. Así que quién pago los platos rotos sería mi chamaquito del Burger King. Pobre de él.   

* * * *

– Recuerdo que volví el miércoles. Entré y me dirigí a la zona de cajas. El pobre diablo apenas me vio se enderezó y trato de forzar un gesto adulto en su cara de niño. En cambió, tú me conoces Noemí, yo traía una cara de ‘femme fatale’ que a cualquiera haría suspirar. Y sin más, con la voz más sexy le pedí un helado de chocolate. Nervioso, cagándose de los nervios casi me tira el helado encima. Y aquí fue cuando valiéndome madres que su compañera gorda nos estuviera viendo, le dí un beso en su mejilla, y antes de marcharme sin dar explicaciones, en su mano deposite una pequeña nota dónde lo cito el próximo miércoles en un café de la Condesa a las 9 de la noche. Dudo que algún camión lo dejé directo, pero bueno, si te soy sincera, espero que llegué. Como también llegará Diego. ¡Y se va a armar la grande!. Dime Noemí, si no es cierto que a mis veintiséis soy una perrita desgraciada. 

* * * *

Un mes después, querida Noemí, sigo sin entender qué paso esa noche de miércoles. No por favor, no te vayas. Sé que conoces la historia a la perfección pues la has oído miles de veces. ¿De verdad soy tan mala?

 Llegué a las nueve y cuarto, y Carlos ya estaba ahí. Para mi sorpresa lucia impecable. Sin un traje elegante o grandes marcas, se veía bien. Y ahí fue, cuando lo ví a los ojos me di cuenta de lo estúpida que fui: en sus ojos había amor. Sí, ya sé que es una tontería, pero eso fue lo que me transmitieron. Y entonces preferí salir, dejarlo ahí y ahorrarle el trago amargo de la trampa en la que lo había metido. Di media vuelta queriendo escapar y me prendió de la cintura. Fui una pendeja por dejar que me besara. Y más pendeja todavía porque me gusto y no me quite inmediatamente. Hasta que llegó Diego, y nos vió besándonos. Venía borracho, me jaló del pelo diciendo que era una ramera y empujó a Carlos. Y ambos se prendieron a golpes. Y Diego tomó un cuchillo de una de las mesas, se lo encajó a Carlos y hubo sangre y, después se dirigió a mi, y… creo que me desmaye, o eso quiero creer. Nadie quiere decirme que paso. Ni siquiera tú Noemí, que sin hacer caso de mis suplicas te retiras creyendo que dejándome unas flores consuelas y arreglas mi dolor. Te vas, y me dejas sola. En esta tumba, justo cuando cumplo un mes de muerta.

Gabriel Revelo 2006

-porque esta  historia se lee de muchas maneras, se tuvo que contar dos veces.  

Una respuesta to “El chico del Burger King (siempre miércoles)”

  1. Fuckin Awesome


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