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Un domingo con México

 

Sería imposible, y a la vez tonto (por no decir inútil) sustraerme de la fiebre del mundial. Me propuse no llenar este blog de temas futboleros, más no puedo, sobre todo si el equipo que hoy jugó me emociono y mantuvo al filo de la navaja por más de 90 minutos. Hoy jugó México. Hoy, más que nunca, estoy a muerte con ellos.

 

Temprano, muy temprano, salí a caminar. Y al respirar, el aire era diferente, tremendamente cargado de adrenalina y tensión, ingredientes que anuncian la llegada de un momento histórico. Así son las hazañas, así es el fútbol. Faltaba media hora para que comenzara el mítico juego entre México e Irán, minutos de nerviosismo, de caminar de aquí para allá enfundado con la casaca verde, de ir al baño tres veces, asomarme a la calle, sentarme, pararme, buscar un bocadillo para descubrir dos segundos después de que tanta tensión me hacia perder el apetito.

 

Y salieron a la cancha. Y el himno nacional nunca sonó tan majestuoso en tierras europeas, y el corazón que se me quería salir con cada nota, con cada estrofa que identifica al pueblo más aguerrido y entregado del mundo. Y allí estaba, por todas partes, la bandera, mi bandera. Y los jugadores, seguros, orgullosos de ser mexicanos y de representar el sueño de millones de personas. Y el partido comenzó, y con él, 90 minutos que sufrí, grite y también disfrute. Inicio titubeante, nadie domina; error, dominan los mexicanos en la tribuna con su entrega de siempre. Y gol de mi México al minuto treinta, prematuramente comienzo a soñar con la victoria. Y que nos empatan casi diez minutos después, me desespero. Este rival no es nada fácil. Y medio tiempo, prefiero apagar el televisor y pasar esos quince minutos acostado en mi cama, tapándome los ojos con la almohada para tranquilizar todas esas dudas que nublan el medio día del domingo. Y comienza el segundo tiempo, se lesiona Borgetti, y el alma de miles de mexicanos se nos escapaba. En la transmisión, Hugo Sánchez y Manuel Lapuente criticando a Lavolpe, quizá coraje, quizá envidia, quizá la impotencia de un empate a uno que a mediados del segundo tiempo sabía a derrota. Error del arquero iraní.  Otro gol de Omar Bravo. Y el país se pone de cabeza cuando y uno de minutos después Zinha anota de cabeza. Goles que me hicieron gritar, conmoverme, sonreír. Los últimos diez minutos, ya fueron una fiesta.

 

3-1. Al final ganaste México. Porque tu historia, tu equipo y jetatura simplemente son superiores. Irán, digno rival, puedes dar más y ojalá te alcance el tiempo. Al final Oswaldo no pudo contener las lagrimas, dedicando el triunfo a sus padre mientras era abrazado por el resto del equipo mexicano. Y creo, mis ojos también se humedecieron. 

 

Ahora todo se ve mejor. Tomo la bandera mexicana, y salgo en el auto como cientos de mexicanos. El país, después de dos horas de abandono en las calles, vuelve a vivir. Claxonazos por todos lados. Camisas verdes en cada esquina. Y un corazón que el próximo viernes latirá nuevamente, cuando la Selección Nacional enfrente a la selección de Angola. Esto es el mundial, por eso, Alemania 2006 es la más hermosa de las fiestas.   

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