el incomprensible mundo de gabriel revelo
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¿Acaso tienes algo mejor que hacer?

 

Cuenta la leyenda que esa tarde libre de preocupaciones, decidiste revisar tu correo electrónico. No encontraste gran cosa. Cadenas, mensajes publicitarios y ofertas de empleo francamente deprimentes. Hasta aquí todo normal, o casi todo de no haber sido por una invitación a desayunar.

 

El correo no daba muchos datos. Una reunión de viejos amigos y compañeros un domingo por la mañana. La idea te resultó atractiva, y en un principio te mostraste convencido de asistir sin remordimiento alguno. La vida es así, te bastó un descuido visual para que tu atención se centrara en los nombres de las personas (todas conocidas) que como tú, fueron invitados. Y fue aquí dónde dudaste, pues digan lo que digan, el nombre de ella sigue inspirandote el respeto de aquello que sabes, invariablemente puede destrozarte. Un simple nombre, sí…  pero de ella.

 

Confundido apagaste la computadora y tontamente hiciste el intento de distraerte con algún programa de variedades en la televisión. Percibías que el conductor de aquel bodrio decía quien-sabe-que-cosa. Era de esperarse, tú mente ya estaba en otro lado, peleando su propia batalla por no dejar asomarse a los recuerdos. ¿Ir o no ir?, ¿Qué tan valido sería enfrentarse al pasado?  Mentalmente reconstruiste posibles escenarios de cómo podría llegar a ser aquel reencuentro que hasta hace unos días creías imposible. Pero te diste cuenta de que era una posibilidad real, que efectivamente podrías cruzarte una vez más con esa señorita a la que no ves desde hace poco más de un año. Y a la cual, por cierto, quisiste con el alma.

 

Consideraste que a pesar de que han pasado muchos meses desde la última vez (más no la única) que te rompió el corazón, el peligro seguía latente. Sí, ella ya esta en el olvido. Sí, por fin pudiste dejarla de lado y continuar tu vida. Sí, sí, sí. Saliste vivo de sus garras, aunque casi te cuesta el volverte loco. En estas circunstancias, ¿Qué tanto valía la pena emprender esta aventura llena de masoquismo?. A ratos jurabas que irías, tan sólo para cambiar de decisión inmediatamente, y de nuevo volvemos a empezar en este juego de las divagaciones que tanto daño te hacen.

 

Y paso la semana. Y era sábado en la noche y tú sin tomar una decisión. Sentado en un café en plena colonia del Valle, escuchabas a un par de trovadores cantándole al olvido, e irónicamente pensabas que tú al ‘olvido’ estabas a punto de mandarlo al demonio. Doce de la noche, caminabas por el cruce de Universidad y División del Norte ¿por qué decidiste salir aquella noche sin auto? y un gélido viento citadino te dio la respuesta que tanto anhelabas. Finalmente, decidiste danle en la madre a tus deseos de buscar a esos ojos celestes que de repente perdiste.

 

¿Acaso tienes algo mejor que hacer?, te preguntaste a ti mismo en la mañana del domingo… Alguno de tus amigos un día te preguntó que si ella era el ‘amor de tu vida’. Respondiste que no estabas muy seguro, a pesar de que habrías dado cualquier cosa porque la respuesta fuera afirmativa; aunque, aquí lo realmente importante sería la respuesta de ella; y aquí, sabes que invariablemente sales perdiendo.  Aun así, ese domingo en la mañana cualquier pretexto era tonto en comparación con lo que podrías ganar, o más bien, perder.

 

¿Acaso tienes algo mejor que hacer?, te preguntaste a ti mismo justo a las once de la mañana, hora en la que supuestamente daría inicio la reunión. ¿Acaso tienes algo mejor que hacer?, te preguntaste a ti mismo cuando te diste cuenta que el medio día estaba próximo y tú en cambio estabas en el parque de tu colonia, haciéndole al futbolista aunque tu mente estaba a varios kilómetros de ahí. Se supone que como portero de tu equipo tenias que estar cien por ciento concentrado, y en cambio, por distracción o descuido terminaste aceptando un par de goles infumables.

 

¿Acaso tenias algo mejor que hacer?, te preguntaste a ti mismo tres horas después, mientras el agua de la regadera intenta volverte a una realidad menos cruel, pero igualmente injusta. ¿Valía la pena renunciar a la chocarrera propuesta que te hizo destino de unirte en tiempo y espacio con ella?. Entonces admitiste con cierta vergüenza (y para ti mismo) que en realidad no fuiste por cobarde, porque hace mucho te diste cuenta que el amor también hace daño y por lo tanto, a veces no es tan descabellado huirle. Tenias miedo de encontrarla de nuevo tan encantadora como siempre, de sentir que el tiempo sin ella no vale nada. Sin más rodeos, te daba pavor la idea de enamorarte una vez más de ella. Aunque, también temías el no volver a verla jamás… y eso no te lo podías permitir. ¿Acaso tienes algo mejor que ir en busca de un amor perdido? ¡Claro que no! te respondiste. Y estas simples palabras fueron suficientes para desatar una extraña energía que te pone de pie.   

 

Sorprendido de tu súbita valentía, te pusiste lo primero que encontraste (un atuendo bastante pasado de moda, digno de cualquier domingo) y decidido escapaste en tu automóvil a toda velocidad. Una a una recorriste las calles y avenidas que te separan del centro de Coyoacan, sabiendo que cualquier demora innecesaria podría ser fatal. Batallaste para encontrar un lugar donde estacionarte. Después de varias vueltas infructuosas y de alejarte un par de cuadras  por fin lograste aparcar en un callejón abandonado. Ni siquiera apagaste el radio del automóvil, y apenas pusiste un pie en el suelo comenzaste a correr en dirección de aquel Restaurante-Bar en el que con un poco de suerte, la reunión de tus amigos y compañeros continuaría. Chocaste con una señora, casi te atropellan y te torciste un pie. Detalles en los que no reparaste pues tu conciencia se encontraba ocupada en tejer historias en las que ella y el resto de los invitados al desayuno decidieron prolongar la reunión. Quizá la charla esta muy interesante, talvez no todos fueron puntuales y apenas están decidiendo que platillos pedir, o quizá, el mesero es novato y se tarda tanto en servirles que aun siguen ahí. Pretextos como estos fabricaste para engañarte de la realidad, lo más probable, es que ya no estén ahí.   

 

Te descubriste bañado en sudor cuando por fin entraste en aquel restaurante. La gente te miro con rareza cuando recorrias mesa por mesa, rostro por rostro. Y ella no esta, demasiado tarde… Talvez siga cerca de aquí, pensaste con tristeza. Y más calmado, saliste a recorrer la pintoresca plaza que a esas horas ya estaba llena de gente y comerciantes. Pasaron una, dos, tres horas y la noche se hizo presente.

 

Ya en tu casa intentaste dormir sin éxito. El insomnio siempre viene a ti cuando más desearías desconectarte del mundo. ¿Acaso tenias algo mejor que hacer?, la verdad no. Lamentablemente los mounstros de la duda y la indecisión volverán durante varias semana para recordártelo… hasta que la olvides, y si Dios y el destino quiere, recibas otra invitación a desayunar. 

 

Una cosa es cierta, a ella la miras con distancia y respeto, tal y como se hace con el Mar. Supongo que por eso, ni siquiera ahora te  atreves a escribir su nombre.  

 

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Una respuesta to “¿Acaso tienes algo mejor que hacer?”

  1. "Arrepiente de lo que hagas, pero nunca de lo que no hagas"
    -Autoria propia


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