el incomprensible mundo de gabriel revelo
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Niebla en sus caminos

 

 

Una de estas tardes nubladas, su amigo Gabriel Revelo se encontraba divagando y sin ocupación alguna que no fuera la de leer y perderse en pensamientos nada trascendentes. A fin de librarse de la monotonía del momento, decidió archivar varios cuadernos cuyo contenido en su mayoría eran escritos sin importancias, cartas que nunca fueron enviadas, algunos poemas mal logrados y fragmentos de novelas que nunca nacerán. En  fin, borradores sin chiste. Sin embargo, había cosas rescatables, entre las que Gabriel destaca el siguiente relato que había olvidado en el pasado y cuyo significado no entendió en su momento y que le provocó temblar de la impresión al leer su contenido casi tres años después de haberlo escrito.

 

En un principio esta historia tenía otro nombre, que fue cambiado para darle más ‘chic’ al asunto. La niebla aparece en la madrugada, siempre da miedo, siempre nubla la vista. Pero también es cierto que siempre se marcha. De eso trata este relato, de la niebla del pensamiento, de cosas que pueden ser reales, ficticias o difusas. Por lo mismo este relato es, hasta cierto punto confuso. Pocas veces Gabriel escribió algo tan personal, y es hasta este momento cuando él, en su calidad de autor, le encontró una decena de significados diferentes y se dio cuenta que él mismo se transmutaba en todos y a la vez en ninguno de los personajes. Por eso pensó en no cambiarle casi nada (aun siendo consciente de que el texto en si tiene errores de todo tipo) y dejar que la idea de aquel escrito original permaneciera casi integro.

 

Gabriel quiere compartir este escrito con ustedes, necesitaba hacerlo. (lo sabré yo, que soy él). Espero no confundirlos mucho.

 

 

 

Niebla en sus caminos

 

 

Dicen que no hay nada más odiado en el mundo que la gente chismosa, y yo, al correr el riesgo de ser considerado como uno de ellos, prefiero no llamar “chisme” a lo que estoy por contarles. Dejémoslo pues, como un acto meramente “ informativo” de un servidor hacia ustedes. Permítanme presentarme. Tengo setenta y siete años y mis amigos, en su mayoría ancianos decrépitos (como yo) me llaman “El carranclan”, aunque en realidad me llamo Gelasio. Nombre no muy agradable que digamos, y de hecho más bien parece el nombre de un fijador de cabello de tercera, de esos que uno consigue a muy bajo costo por el rumbo de la colonia Roma. Pero bueno, no vine a platicar de mí, sino de una conversación que escuche hace unas semanas.

 

Todo comenzó cuando decidí visitar a mi amigo Rogelio. Motivo por el que realicé un lejano viaje hasta el pueblo de Yautepec, Morelos (ya se que no esta lejos de la ciudad, pero a mí edad estos viajes de los mil demonios me cansan muchísimo). Mi nieto Lupe me hizo favor de llevarme en un maldito auto compacto. Sí, una porquería de auto, de esos que son incómodos y que le dejan a uno las sentaderas bien jodidas. Para colmo tuve que ir soportando una música horrible, no estoy seguro, pero creo que se llamaba “música eleptrónica”.

 

 Después de casi quedarme sordo, por fin llegue a casa de Rogelio, al cual encontré más chingado que de costumbre… yo creo que no pasa de este año (aunque él me dijo que el jodido era yo, pero bueno). El pobre ya estaba completamente chimuelo, olía mal, temblaba como gelatina, y por si fuera poco, necesita un bastón para caminar. Pero de eso no me quiero burlar, porque no creo que yo tarde mucho en necesitar una porquería de esas. El caso es que mi estancia en ese lugar fue aburrida, ¿qué podían hacer dos viejos amargados aparte de contarse sus viejas anécdotas de siempre? Decidimos pues, ir una tarde de Lunes a la iglesia del pueblo. Idea que me pareció buena. Yo no sé que tengan las iglesias que  siempre están llenas de viejos. Después de una hora de camino (en realidad el templo esta a tres calles de distancia de la casa de mi amigo, pero comprendan que cuando uno cruza los setenta años las distancias parecen multiplicarse al infinito), la iglesia estaba vacía, pero la paz del lugar nos invito a quedarnos sentados en una de las bancas del rincón.

 

Llevábamos cerca de media hora sentados en silencio. Los últimos rayos del sol entraban tímidamente por los grandes ventanales y un silencio imponente reinaba en el lugar, quizá tanta paz hizo que Rogelio cayera en un profundo sueño, mientras que yo me perdía divagando en las imágenes religiosas del lugar. La quietud del momento fue rota cuando escuche que dos personas habían entrado a la iglesia. Aunque una enorme columna impedía que pudiéramos establecer contacto visual mutuamente, aun así,  pude escuchar como aquellas dos personas se detuvieron a un costado del altar.  

 

         – Yo,  como podrás ver… no me canso de reprocharme a cada instante, a cada momento lo estúpido de mis actos, el desgano de mi confianza, la soberbia de mis pensamientos en el pasado y sobre todo, la desesperanza de mi futuro. ¿Y me pides que tenga paciencia y que me serene? –dijo ,sin poder controlar sus emociones, uno de los dos hombres cuyo color de voz era el de un hombre joven.

 

        – ¿Por qué esa rabia?, que no entiendes que todos los dolores, todo el sufrimiento y toda la rabia que guardas dentro de ti no ayudara a solucionar nada. ¿Tan rápido has olvidado todo lo que te enseñe?, ¿Te vas a dar por vencido así de fácil, sin pelear? –dijo el otro hombre, su serena voz denotaba una madurez mucho mayor a la de su interlocutor.

 

         – ¿¿¿¡¡¡Pero que quieres que haga!!!!????, no me vengas a hablar de luchar por mis causas, pues lo he hecho ya bastantes veces, y sabes… estoy cansado, la vida no ha sido benevolente conmigo, el destino no se ha tentado el corazón ni conmigo ni con mis semejantes, y lo que paso hoy por la mañana… después de esta perdida tan grande. Definitivamente no me queda de otra más que darme por vencido. Estoy solo, y siempre lo estuve.

 

En eso escuché un silencio sepulcral, solo interrumpido por el llanto de aquel joven desesperado. Sin lugar a dudas sufría, fue entonces cuando su sereno acompañante habló.

 

         – ¿Así que crees estar solo?

 

          – 

 

         – Cometes un error, tal vez te sientas solo, pero créeme, nunca lo estuviste… hay gente, cosas, magia… auténtica magia a tu alrededor. Creo conocer de estas cosas…

 

         – ¿Magia? ¿Aún crees en ella?…

 

         – Sí, y sé que tú también. Después de todo lo traes en la sangre. Sabes, hoy cuando me despedí de ti por la mañana te deje un mensaje, veo que no lo has descifrado del todo, ¿O me equivoco hijo mío?.

 

         – Padre… ¿cómo querías que me fijara en esas cosas?, estaba muy ocupado preocupándome por el futuro. Muy ocupado pensando en que hacer. Muy ocupado pensando en lo que perdía… en como te perdía.

 

         – Por eso mismo, deberías de dejar de estar pensando en cosas que no valen la pena. Yo estoy bien, de hecho hasta el momento no tengo queja alguna, pero para que te cuento más, algún día tu pasaras por lo mismo. 

 

No puedo negar que la curiosidad me mataba, así que sigilosamente me deslicé por entre las columnas. Como ya dije, no es que sea chismoso, pero quería ver quienes eran esos dos sujetos que mantenían tan extraña conversación. Me acerque lo más que puede, aunque desde donde me encontraba observando solo pude ver al tipo más joven, el cual estaba a punto de hablar.

 

         – Creo que tienes razón, pero me harás falta.

 

         – Nunca te abandonaré, y lo sabes, pero te repito, la clave este en la magia… y sé que descubrirás de que se trata, después de todo lo traes de familia. 

 

El dialogo fue súbitamente interrumpido por un ronquido que venia de la parte trasera del templo. El viejo rabo verde de Rogelio había comenzado a roncar, provocando que aquel joven volteara la vista hasta donde me encontraba.

 

Apenado salí de mi escondite, y para mí sorpresa el joven estaba solo, nunca entendí con quien demonios hablaba. ¡No había nadie más en ese lugar!. Sé que esta historia les parece misteriosa, en un principio yo tampoco la entendí. No sabía si se trato de un asunto de espanto o de Ángeles,  aunque después ese joven me aclararía todo ese asunto de la magia que tan extraño parece. Pero bueno, ya me canse de estar platicando, quizá eso se los cuente otro día. Sólo déjenme decirles que ese tipo dijo apellidarse de un modo muy raro.

 

 

 

 

En memoria de Mario Revelo Narváez

Septiembre 2003 

Una respuesta to “Niebla en sus caminos”

  1. oye esta super tu espacio te felicito a ver si luego me das unos como kien diria tips para el mio jaja xk es un fracaso si totalmente fracaso esta padre felicidades


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