el incomprensible mundo de gabriel revelo
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Tula, ciudad de gigantes

“están presentes en cada uno de los rincones de Tula. Se disfrazan de viento, de hormigas, de polvo, de piedras”
 
Ok then back to basics!
 
Por alguna extraña razón la vida se me ésta repitiendo. En más de una ocasión me he dado cuenta de que tengo la tendencia a regresar al inicio de las cosas. Hace poco les comentaba como regresé a Irapuato tres días después de años de ausencia. Volvió a pasar, aunque ahora el escenario fue otro.
 
Uno de los recuerdos más lejanos y claros que tengo, es el de mi visita a las ruinas arqueológicas de Tula en el estado de Hidalgo. Tenía tres, a lo mucho cuatro años. Fui con mis padrinos y mis abuelos pues por alguna razón que no me viene a la memoria, mis papás no pudieron ir. Me acuerdo que los llamados ‘Atlantes’ me impresionaron tanto, que tuvieron que comprarme un pequeño ídolo a escala de aquellos enigmáticos gigantes prehispánicos. Pasaron los años, y si bien, jamás dejé de remembrar aquella visita, cada vez sentía más lejana aquella mañana en la Ciudad de Tula. 
 
Hace un par de semanas, a unos días de terminar el año decidí emprender el viaje a Tula. Así, sin haberlo planeado saqué el coche, llené el tanque de gasolina y salí, por ahí de las diez de la mañana, enfilado hacia el estado de Hidalgo. Una hora después tomé la desviación que hay en la autopista rumbo a Querétaro. Éste camino estaba en reparación. La entrada a Tula se está modernizando, prueba de ello son los tres carriles de cinta asfáltica que unen ésta ciudad con el resto del país.
 
Alguna vez mi abuelo me contó que la Tula de hace treinta años era muy diferente. Sumida en la pobreza de su paisaje árido, esta población (en aquel entonces no era ciudad) sufría hambre y era considerada una zona improductiva. Ahora hay un sin fin de comercios, calles pavimentadas, fabricas y plantas industriales que han desarrollado notablemente todo el entorno. A las 12:00 entré a la zona arqueológica.
 
 
Sobrevivientes del tiempo
 
Antes, desde la entrada se alcanzaban a ver los Atlantes y las pirámides. Ahora no. Desde que entras te topas con un amplio estacionamiento. Al descender del auto unas amplias escaleras te llevan hasta las instalaciones del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) dónde antes de entrar al museo de sitio me registré. Mi emoción comenzó justo en el interior de ese inmueble en el que vasijas, ídolos de piedra, armas confeccionadas con piedras y códices me daban la introducción al mundo de los Toltecas, antiguos habitantes de Tula. Todas las reliquias del museo cuentan con una placa descriptiva, por lo que el recorrido se hace mucho más interesante aun para los propios mexicanos, que se supone, ya estamos acostumbrados a la admiración de las culturas del México Antiguo. Gracias estas placas aprendí que la Ciudad de Tula fue posterior a la de Teotihuacan, pero que guarda muchas influencias de aquella urbe. Así mismo, Tula, influencio de alguna manera a las construcciones mayas que siglos después se establecerían en el sur de México y Centroamérica.
 
Saliendo del pequeño museo uno sale directamente a un camino de tierra que se abre paso en medio del árido paisaje. El imponente sol de mediodía que bañaba todo el entorno no fue impedimento para emprender ese recorrido que me llevaría a la zona arqueológica. Con frecuencia, en algunos tramos del camino están instalados varios puestos de artesanías y recuerdos. Piezas de piedra, collares, playeras con motivos aztecas en sus estampados. Un mundo de recuerdos que alguno de los extranjeros que también hacen el recorrido no dudan en adquirir. Los encuentran originales, atractivos, hermosos. Me da gusto que se lleven un pedacito de México a sus países.
 
Después de caminar durante más de un kilómetro por fin divisé las siluetas de quienes fueron objeto de mi viaje: Los Gigantes de Tula. A cada paso iban cruzándose nuevas construcciones antiquísimas en mi circulo visual. Y llegué. No sé cómo se explica o qué palabras le harán justicia a la sensación de estar en unas ruinas como estas. Lo primero con lo que me crucé fue con el Juego de Pelota. Una especie de Mini Estadio que en el interior tiene una explanada de pasto en la que se desarrollaba el juego, que como todo mundo sabe, tenía implícitos una gran cantidad de simbolismos religiosos y místicos. Y uno lo recorre sintiendo que está en esos días. Tratando de darse una idea de la cantidad de historias, hazañas y muertes que guardan esos muros de piedra.  Me acuerdo y siento un hueco en el estomago. Y apenas era el comienzo.
 
A unos pasos del Juego de Pelota se encuentra la llamada ‘Pirámide B’, la cual, y de acuerdo a los señalamientos del propia INAH comencé a recorrer por su parte trasera inferior. La finalidad de recorrer así estás ruinas es para poder apreciar mejor los grabados de Guerreros y Jaguares en las paredes. Después recorrer la parte frontal de la pirámide. Al verla de frente no puedes contenerte, pues es inútil, a subir por los empinados escalones de piedra que te llevan a su cima y a los tan citados Atlantes. Para quién no los conozca o jamás haya oído hablar de ellos, los Gigantes de Tula son enormes representaciones de guerreros Toltecas de más de tres metros de altura. Yo, con mi 1.70 de estatura no le llegaba ni a la cintura a uno de ellos. Están hechos de piedra, y la precisión y cuidado con la que fueron labrados son sorprendentes. Uno quiere pero no puede explicarse como en la antigüedad estas impresionantes figuras fueron llevabas hasta esas alturas. Son cuatro gigantes. Antes pensé que eran mucho más. Gracias a ésta visita supe que en realidad los Atlantes eran cuatro soportes del techo de una sala exclusiva para los sacerdotes de la pirámide a la que nadie más tenía acceso. Esto quiere decir que en el tiempo del esplendor de Tula, la población jamás pudo ver aquellas esculturas de piedra. Además, de los Atlantes, otras cinco columnas a sus espaldas fungían como soporte del techo que ya no existe.
 
Además de la ‘Pirámide B’, y de otra más ubicada a la izquierda, la Plaza principal de lo que antes era el Centro Ceremonial de Tula está rodeado de un par de construcciones que servían como el Centro de Reunión de los consejos de ancianos, sacerdotes y clase real tolteca. Aquí también se pude apreciar una gran cantidad de columnas, signo inequívoco de que tan bien esas ruinas estuvieron techadas en alguna época lejana. Una cosa es ver estos vestigios que de por si ya son impresionantes, y otra, mucho más alucinante, imaginarse la ciudad con vida. Habitada.
 
Después de ésta zona aun ahí otro mini museo, en el que hay representaciones de cómo era antes la ciudad. Precisamente fue ahí en dónde supe lo de los techos que acabo de contarles. Y fue precisamente ahí, mientras regresaba cuando me topé de frente con Gonzalo.
 
 
El niño con collares de muerte
 
Tenía como una hora que lo había mirado a lo lejos. Su atuendo me llamó la atención: Huaraches, traje de lino blanquísimo, pañuelos atados en una de las muñecas, en la otra una gran cantidad de pulseras pintorescas, un sin fin de collares de piedras preciosas multicolores, un sombrero lleno de diversas plumas que en mi vida había visto y un palo grueso a modo de bastón. Un niño escurridizo que iba y venía entre las ruinas con una destreza envidiable. Varias veces pensé en seguirlo, pero en segundos desaparecía sólo para topármelo cuando pensaba que su presencia había sido tan sólo un espejismo.
 
Después de casi chocar con él fue cuando noté que las piedras de uno de sus collares estaban talladas con la forma de calaveras. Como excusa para comenzar a platicar con él le pregunté por su collar. Obviamente no lo había comprado en ningún lado, al contrario, el mismo busco las hermosas piedritas (de un brillo morado natural) y las talló con maestría. Impresionante si tomamos en cuanta su edad: ¡10 años!. Dijo llamarse Gonzalo, y ser nieto de uno de los cuatro vigilantes de la zona arqueológica, el cual, le permitía acompañarlo en cada periodo vacacional.
 
Este niño posee tal cúmulo de conocimientos y sabiduría, que cualquier historiador le envidiaría. Habla varios dialectos, sabe de jeroglíficos prehispánicos y de teología del México precolonial En no más de media hora me platicó que toda las ruinas de Tula y sus alrededores son tierra sagrada en la que ocurren cosas fuera del entendimiento humano. Las plumas de su sombrero, me comentó, han sido regalo de diversos ancianos de la región y cada una de ellas tiene diversos mensajes sobre el futuro. Al preguntarle sobre qué tipo de mensajes, él se limitó a decir ‘tú destino, el mío y el del universo está en estos mensajes. Algo muy grande está por pasar’. Quisiera haber indagado más en aquella respuesta, pero Gonzalo ya me estaba contando más maravillas.
 
‘Los Toltecas no se han ido, siguen vigilando sus templos’. Dice que los escucha. Que están presentes en cada uno de los rincones de Tula. Se disfrazan de viento, de hormigas, de polvo, de piedras. Quizá sea verdad. Por lo menos yo le creo. En cuanto uno llega a Tula le invade una extraña sensación de perpetrar en un mundo inentendible, en el que los protagonistas son los templos y el medio ambiente. Ellos hablan. Ellos deciden. Todos los demás somos simples intrusos.
 
Gonzalo mira entre fastidiado y resentido como unos jóvenes de mi edad corren entre las ruinas, haciendo comentarios despectivos hacia el paisaje y sin el menor respeto hacia la tierra que comienzan a aventarse unos a otros. ‘La gente no entiende en dónde está. Deberían dar gracias por poder pisar esa tierra que se arrojan como si nada’.
 
Mucho más cosas increíbles e interesantes salieron de la boca de ese niño. Este texto podría extenderse enormidades si me abocara a la tarea de narrar con detalles todas sus palabras. Quizá lo haga en otra ocasión. O mejor aun, quizá (y seguramente) volveré en el próximo periodo vacacional a buscarle y a pedirle que por favor me siga contando esos secretos de nuestros antepasados.
 
Después llegó su abuelo. Además de vigilante vende algunas figuras de barro y collares (aunque ninguno como los de Gonzalo). ‘Siempre lo traigo en sus vacaciones. Le gusta. Es bueno que los conocimientos de nuestra gente sean transmitidos, que no se pierdan’. Era la hora de ir a comer en su humilde vivienda ubicada a veinte metros de la plaza principal de las ruinas. Como era hora de que yo también emprendiera el camino de regreso los acompañe en el camino. Sin saber ni por qué giré la cabeza a uno de los nopales que tiene la terregosa vía y un reflejo me atrapo. En lo más alto de aquella planta había una especie de collar diminuto, hecho de cuentas negras y moradas atravesadas entre si por un hilo muy grueso y formando un circulo del ancho de mi dedo meñique. Estaba entre tres espinas. Sacarlo sería tarea difícil y de menos significaría llevarme dos o tres piquetes. Aun así me pare de puntitas y sin saber cómo le hice lo saque fácilmente de aquellas púas. ‘Consérvalo. Si ésta tierra sagrada te da un regalo aprovéchalo,  es por algo’, me aconsejo alegremente Gonzalo. Desde entonces aquel adorno pende de mi cuello. No sé si sea de buena suerte o de dónde provenga. Sólo sé que aquellos dioses, o fuerzas, o energía que posee Tula me lo entregaron. Espero algún día descifrar el motivo.
 
Me despedí de Gonzalo y de su abuelo. Recorrí el kilómetro que me separaba del estacionamiento. Vi por última vez el paisaje, subí al auto y me enfile al centro del Tula actual.   
 
 
Carnero, Cruz y Laguna
 
Llegué en veinte minutos al centro de aquella ciudad. Tenía hambre y quería comer algo típico de ésta zona de Hidalgo. Un lugareño me recomendó que comiera en el mercado. Me dijo que no había pierde, pues en cualquier establecimiento sería bien atendido y saldría satisfecho. Le hice caso. El mercado del centro de Tula no es muy diferente al de cualquier otra provincia. Cuenta con su zona de verduras, de carne, de abarrotes y de locales destinados a la comida. Algunos ofrecían tacos de guisados, otros comida corrida, y otros barbacoa. Siendo éste tipo de carne uno de los platillos hidalguenses por excelencia, tome la nada difícil decisión de sentarme para pedir algunos tacos y un rico consomé de barbacoa. Si usted, lector, lee esto a la hora de la comida, es necesario que sepa que la barbacoa estuvo deliciosa. Varios tacos después, salí con el estomago contento.
 
Ya de regresó, cometí el agradable error de tomar otro camino diferente al de ida. Y digo agradable, porque la nueva ruta también me llevaría a la autopista y a México, pero por unos paisajes que dudé, pudiera encontrar tan cerca del Distrito Federal. Este trayecto era el de Tepeji del Río y atravesaba la Ciudad Cooperativa Cruz Azul, y una enorme laguna que estoy seguro, muy pocos conocen.
 
Llegué a la Ciudad de México cerca de las seis de la tarde. Maravillado por éste descubrimiento, volví a prometerme volver no sólo a esa Laguna, que de seguro tiene cientos de historias que contar, sino también a comer barbacoa, a platicar con Gonzalo, a visitar a los Atlantes y seguir descubriendo un trocito de éste maravilloso país en el que tuve la suerte de nacer.
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